jueves, 26 de mayo de 2016

Conexiones...

“La única ocasión en la que un ser humano debería mirar a otro desde arriba es cuando le está ayudando a  incorporarse”.

Tenemos por costumbre el vicio de la comparación. No hablo de la envidia, a la que la religión considera un pecado capital, sino a usar a los otros como modelos de referencia para valorar nuestras circunstancias. Lo contrario también sucede. Cuando consciente o inconscientemente consideramos la labor de los demás, lo hacemos desde nuestra propia posición. Es decir, utilizamos nuestras habilidades y limitaciones, para valorar sus acciones. Esto es algo que normalmente pasa cuando discutimos con nuestros hijos más pequeños. Olvidamos agacharnos al hablar sin pensar que, para ellos, representamos verdaderos “gigantes” a los que es peligroso, cuando no imposible, desobedecer. 

En mi opinión, la vida ha puesto en el camino dificultades insalvables para algunos, que fácilmente otros, podrían considerar como simples contrariedades. Valorarlas o juzgarlas desde nuestra posición es un error que nos impide darnos cuenta del verdadero esfuerzo que hacen quienes carecen de esa habilidad.  Existen discapacidades y minusvalías de muy diversa índole. Es cierto, pero la discapacidad como tal, en algunos casos solo limita la respuesta. En ese sentido, la capacidad de cualquier ser humano para sentir, pensar o actuar, por disfuncional que nos parezca, siempre es relativa y proporcional a su propia limitación. Por eso, cualquier iniciativa que vaya dirigida a facilitar la integración en la sociedad de quien sufre una limitación, o una discapacidad,  debe ser reconocida, impulsada y sobre todo agradecida.

Existen algunos nombres que ilustran la conexión cuerpo mente. Alexander Lowen, usó la manipulación y la posición del cuerpo para hacer aflorar conflictos entre sus pacientes. Su maestro, Wilhelm Reich, dio a conocer la existencia de barreras psíquicas que impedían la libre circulación de la energía en el cuerpo y concluyó que “La psique de una persona y su musculatura voluntaria son funcionalmente equivalentes”. Sin embargo, anterior a ellos hubo un místico armenio que abrió la vía en ese campo. George Ivánovich Gurdjíeff  impulsó El Cuarto camino junto a Ouspenski e intuyó, a través de danzas tradicionales consideradas sagradas, su importancia para la superación de las adversidades. Esas danzas siguen siendo hoy en día, la base del crecimiento personal en muchos lugares de Latinoamérica. Música y movimiento, emoción y acción. Coordinación entre lo que se siente y cómo se expresa. 

Esto último pude verlo reflejado en la exposición que ayer tuve la ocasión de visitar. Un fotógrafo profesional, Josep Aznar, mostraba en sus instantáneas a un grupo de artistas poco habituales. Sobre el escenario y en plena representación, bailarines considerados por la sociedad como “diferentes”.  La expresión de satisfacción por la perfección alcanzada durante la actuación, la dignidad de su  saber estar y lo que para ellos representaba aquel momento, mostrando lo mejor de sí mismos, se reflejaban en unas composiciones llenas de sensibilidad, color y espontaneidad. Imágenes provocadoras que trascendían el orgullo de raza de quienes en ellas aparecían. Ellos, los del escenario, estuvieron allí y se emocionaron como yo. Al saberse protagonistas, coquetearon con sus pícaras sonrisas y se dejaron querer por los presentes. Al final, como tributo y en directo, otra bailarina les dedicó su arte y compartió con ellos aquel momento de gloria. Entre el público, Jannick Niort, una bailarina doctorada en psicología, sonreía con la satisfacción de quien lleva treinta años haciendo bien su trabajo. Jannick, es la autora material del “milagro”. Una labor que, afortunadamente, también se realiza en otras partes de mundo. Son conexiones que, como sucede con “el efecto mariposa”, no conocen de fronteras.

lunes, 16 de mayo de 2016

La vida y sus reflejos

“El espejo refleja los distintos personajes que se muestran a través de ti. Así pues, aprende a diferenciar entre ellos y tú”.  

Mientras el sol acude a su cita diaria con el horizonte, trato de relajarme.  Hoy ha sido un día lluvioso, gris, propicio para la reflexión. Desde mi ventana contemplo el pasaje y me doy cuenta que, real o imaginario, siempre está compuesto de los mismos elementos. Cielo, tierra y agua. No importa el lugar. El cielo es el telón de fondo; la tierra, el escenario en donde discurre a vida y, el agua, el espejo en el que se reflejan los otros dos. Podemos cambiar de continente, de país o de sociedad pero, ineludiblemente, encontraremos esos mismos elementos. Es más, en sus múltiples variables, siempre habrá algo en común que nos haga soñar. Cualquier detalle puede poner en marcha nuestra memoria, nuestra imaginación, para ver lo que normalmente no vemos y pensar en lo que  inconscientemente olvidamos.

En esa visión, los árboles, actores mudos en el escenario de la Naturaleza, nos muestran la permanencia de las cosas, su continuidad; los hombres, por el contrario, su temporalidad. Y es en esa temporalidad donde reside la importancia del ser humano. Él es quien, para bien o para mal, modifica el paisaje, su armonía. Lo embellece o lo empobrece con su  presencia y lo convierte, finalmente, en el paraíso o el infierno en el que vivimos. Eso nos hace responsables frente a quienes nos suceden. En ese sentido, tengo la sensación de que, aunque los buenos deseos forman parte de una gran mayoría de personas, solo un escaso número de ellas alcanzan la capacidad de influir en el devenir de la sociedad. Cuando eso es así, su luz, destaca sobre la gris normalidad de la rutina diaria.

Hoy he tenido la ocasión de conocer a Rubén Pabello Rojas,  jurista, académico, legislador, escritor, servidor público y comunicador social. Doctor Honoris Causa por la Universidad de Xalapa (México), cursó estudios y un Doctorado en Derecho, en la Universidad de Almería (España). Octogenario, sigue en activo.  Su conocimiento del área social y su experiencia en el ámbito cultural de su país de origen es invaluable para quienes reconozcan en él, al polifacético profesional capaz de transmitir los valores de una ética personal que traspasa fronteras; que comparte raíces en ambos lados del Atlántico y que, más allá del personaje que representa, muestra al ser humano – al Humanista – que, por mérito propio, debe ser orgullo y referencia para todos nosotros. Sin embargo, lo que más me ha impresionado no ha sido su brillante pasado sino su vibrante presente. En su longeva existencia, aún caben los sueños y las ilusiones. Su capacidad de  trabajo, a pesar de la edad, es envidiable y su voluntad de vivir, una virtud de referencia para quienes no le encuentran sentido a la vida. Él es sin duda, un reflejo de su potencial.

Mi encuentro con él tuvo lugar durante la entrevista que concedió, en su vista a la BibiloMusiCineteca. Una asociación, multicultural y plurigeneracional, que promueve los lazos entre las culturas del mundo. En ese mismo espacio se reúnen, una vez al mes, los miembros del Club del Espejo. Así pues, estando próxima la realización de un nuevo encuentro, la presencia de tan extraordinario personaje, no podía ser ignorada. Él es sin duda, el mejor exponente del concepto que tratamos de divulgar. Por eso es un placer para mí, compartir una pequeña muestra de la entrevista que dio lugar a mi sincera admiración por tan ilustre visitante. Tras el placer de oír y ver al Doctor Rubén Pabello, estarán de acuerdo conmigo que: “El Espejo nunca miente; basta con identificar su reflejo”.


La entrevista entera puedes verla en la web de la BiblioMusCineteca

lunes, 9 de mayo de 2016

La soledad de muchos...

            “La peor soledad es aquella que se sufre en compañía de muchos. Cuando, rodeado de amigos, no te atreves a compartir tus pensamientos  por el temor a quedarte solo”.  
       
Es difícil ignorarlo. Me refiero a un cartel que suelo encontrar, con frecuencia en las paradas del transporte público de la ciudad en donde habito, y que llaman la atención sobre un problema concreto, de entre los muchos que azotan a la sociedad actual. A pesar de la elocuencia de la imagen, de la crudeza del problema y de la realidad a la que hace referencia, su presencia convertida ya en rutina, pasa muchas veces desapercibida para la ocupada multitud que la contempla: Una mujer, de edad indefinida que dejó atrás los sesenta hace algunos años, mira a través de los cristales de una ventana; su mirada, vacía de contenido, se pierde en el infinito tratando de encontrar una solución a su problema. En el pie de foto, un comentario: “Nunca pensé que, a mi edad, el mayor problema fuese la soledad”.  

La soledad, es algo que nos afecta cada día de manera más directa, con independencia de a qué generación se pertenezca. Cierto, que en la vejez la hace más evidente pero, no me negarán que, resulta paradójico que, con todos los medios de comunicación que tenemos a nuestra disposición, podamos sentir soledad. Pero la sentimos. Por diferentes motivos, pero… la sentimos y nos hace sufrir. Si no fuera así, nos detendríamos frente al susodicho cartel para darnos cuenta de que, también nosotros, miramos sin ver en realidad. Que, también nosotros, huimos de nuestros pensamientos y que, también nosotros, reclamamos el afecto de los demás. Quizás por eso, por no querernos ver reflejados en ese anuncio, pasamos con prisas y sin detenernos. No somos indiferentes a lo que trata de comunicarnos y tal vez por eso, lo ignoramos. Ocupados como estamos, en atender las actualizaciones de nuestra cuenta en las redes sociales, contestar al teléfono y sobrevivir a la jornada laboral, apenas nos queda tiempo para dirigir la atención hacia nosotros mismos. Inconscientemente, depositamos en los demás la tarea de apuntalar nuestros valores. Por eso, acostumbrados a recibir de los demás las caricias y la atención que creemos merecernos, sufrimos cuando éstas escasean.

Soy de los que creo que, las casualidades, no existen. C.Gustav Jung habló de sincronías; de hechos aislados que sin aparente relación coinciden o desencadenan relaciones que nos afectan en particular sin mediar en ello causalidad.  Esta mañana, estaba frente a esa imagen explícita de la soledad justo en el momento de recibir la llamada de una amiga. Alguien, a quien admiro por su trayectoria como persona y por su labor profesional como escritora. El motivo de su llamada era porque estaba triste - Se sentía sola - necesitaba decirme que, por fin, había terminado de escribir su libro; que, finamente, tras dos años de negociaciones, había firmado el acuerdo de divorcio y que en ese mismo momento, conseguido sus objetivos, su orgullo había cedido el paso a un inquietante vacío interior que se agrandaba, por instantes, ante el recuerdo de la muerte de su madre, hace apenas un año. 

Escuché sus argumentos y, por un instante,  me imaginé que quien me hablaba era la mujer anónima del cartel. Y hubiera podido ser. Solo que mi amiga, era mucho más joven y había tenido la valentía de llamar a un amigo para que la escuchara. Quiero pensar que, la soledad es una pausa forzada entre dos acontecimientos; aquel, que ha dejado de motivarnos y el siguiente… ese al que aún no le hemos encontrado su sentido.

viernes, 29 de abril de 2016

La utopía como objetivo

“Ayer soñé que veía a Dios y que Dios me hablaba; y soñé que Dios me oía…      Después, soñé que soñaba”.                                              Antonio Machado

A veces, la voluntad del hombre se trunca a pesar de sus más fervientes deseos. Como dice un conocido refrán español, “El hombre propone y Dios… dispone”. Han sido tres semanas que he faltado a la cita con mis lectores y no quisiera eludir mi responsabilidad ante ese silencio vital. Esta situación poco usual en mí - provocada por una crisis de argumentos y unas circunstancias adversas en lo personal - me ha dado a conocer lo absurdo e ineficaz que a veces resulta el humano esfuerzo, cuando las musas de la creatividad se enemistan con la voluntad de aquel que “quiere… pero no puede”. Por eso mismo, a todos aquellos que han accedido al blog durante estas semanas, por el respeto que se merecen y por haber defraudado sus expectativas, les pido disculpas.

Dicho lo anterior, me gustaría mencionar que, en el último encuentro del Club de Espejo tratamos un tema fascinante y, para mí, desconcertante. La Utopía. Una palabra, acuñada por Tomas Moro en el año 1516, que daba nombre a una isla paradisíaca que enmendaba los problemas habituales de la rígida sociedad  a la que el autor pertenecía. Sin embargo, no fue el primero en pensar en un mundo ideal. Platón ya lo había hecho en la Grecia antigua, cuando escribió “La República”. Es más, en mi opinión, si tomamos como referencia la historia, todas las grandes conquistas de la humanidad han perseguido, y persiguen aún hoy, encontrar ese paraíso perdido. Un espacio mítico y sagrado que cualquier religión ubica más allá de lo terrenal y que, de manera más prosaica, los humanos han tratado de situarlo en algunas localizaciones como la Atlántida, la Lemuria o Agharta. Por desgracia, las expectativas quedaron agotadas en la infructuosa búsqueda de la ciudad de "El Dorado" que, los conquistadores españoles, hicieron cuando descubrieron América.

Tal vez por eso, Utopía, abandonó su raíz espacial y se transmutó en un concepto. En este sentido, la utopía podemos considerarla como un modo optimista de concebir cómo nos gustaría que fuera el mundo y las cosas. Esa carga ideológica, nos ofrece también una base para formular y diseñar sistemas de vida alternativos, más justos, coherentes y éticos. Una consecuencia de ello, es que se ha hecho extensiva a distintas áreas de la vida humana, y podemos hablar de utopía económica, política, social, religiosa, educativa o tecnológica. La utopía como tal, acoge como esencial lo excelso y lo sitúa frente a lo vital. Se convierte en inalcanzable al relacionarse con el futuro, y se muestra como un fruto de la intuición, más que como un producto lógico de la mente consciente. Al situarlo en el futuro, temporalmente escapa a nuestro control pero nos condiciona con la idea de alcanzarlo. Y he aquí, mi confusión…

Si los grandes “gurús” de la autoayuda precisan que la forma óptima de vivir es en “aquí y ahora”, (lo cual excluye explícitamente el futuro)… Si la única forma de ser feliz es no desear, (pero es imposible no imaginar un mundo mejor aunque represente una utopía), la realidad, nos deja huérfanos de ilusión para enfrentarnos a nuestro devenir.  Es por eso que, asumiendo mis propias conclusiones, prefiero pensar que, la utopía,  es una extensión del alma que mora en el inconsciente colectivo y que, como si un reflejo de nuestro cerebro se tratara, representa el hemisferio contrario a aquel en el que mora la esperanza. La utopía nos sugiere el camino, mientras la esperanza nos permite avanzar por la senda de la vida hasta que, finamente, alcanzamos nuestro destino. Algo fácil de entender, cuando escuchamos a Juan Manuel Serrat interpretando los versos de Antonio Machado.

lunes, 4 de abril de 2016

No conviene romper el espejo

“Por muy lentamente que os parezca que pasan las horas, os parecerán cortas si pensáis que nunca más han de volverá pasar”.                           Aldous Huxley

La sabiduría popular nos dice que “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”. A mi entender, estas palabras son un homenaje a la experiencia, cuando ésta se convierte en conocimiento; especialmente, en aquellas personas que hoy profesan  la condición de “memoria viva” de un tiempo pasado. Un tiempo, que acostumbra a emplearse con excesiva generosidad de joven  y que, al llegar a la “tercera edad”, se añora precisamente por su presumible escasez. Así pues, desde tiempos pretéritos, encontrar  “La fuente de la eterna juventud”, junto a la conversión del plomo en oro, fue uno de los objetivos principales los alquimistas durante la Edad Media y, aún hoy, representa un reto en la agenda de los actuales científicos; lo de convertir el plomo en oro…  parece ser que llegó a ser posible pero nunca rentable.

Lo anterior viene a cuento porque, recientemente, he tenido ocasión de visitar una exposición que exploraba algunas tendencias sobre el futuro de nuestra especie. “+Humanos” es el nombre de la muestra. En su interior, pude ver técnicas de reproducción asistida, robótica, biología sintética, e incluso, la posibilidad de perpetuarse mediante técnicas de digitalización. Debo decir que quedé impresionado y algo confuso. Me llamó la atención que, entre los diferentes proyectos expuestos, estuviera la posibilidad de prolongar la vida hasta los ciento cincuenta años. De conseguirse, su realidad encierra la duda terrible de que, lejos de llegar a ser un beneficio para la humanidad, se convierta en una amenaza para nuestro planeta. Por eso, cada día es más importante fijar los límites éticos y legales sobre las posibles consecuencias de estos planteamientos. 

En mi opinión, aún aceptado esta longevidad de forma pragmática, cabe preguntase por las dificultades que resultarían de la relación y convivencia de seis generaciones en un mismo espacio- tiempo. Eso, sin mencionar como afectaría a la gestión y explotación de  los recursos de una Tierra ya sobre saturada actualmente. Doy por hecho que pertenece a la juventud, en su rebeldía, aventurar nuevas hipótesis, derrochar confianza hacia un mundo distinto y avanzar por aquellos caminos inexplorados. Es normal que, la vitalidad inagotable que nutre cada nueva generación, haga que ésta vuele sobre el terreno desconocido sin apenas esfuerzo. Por el contrario, quienes han recorrido ya gran parte del camino, avanzan con la prudencia que les dicta la experiencia de sus múltiples intentos fallidos. Saben que, más que llegar primero, es importante llegar en condiciones que les permita saborear lo vivido, lo experimentado. 

El relevo generacional es consecuencia de la misma existencia y, en ese sentido, la evolución como tal, siempre tiene prisa por alcanzar lo más inalcanzable de la utopía. Quizás es por eso que, mientras el joven reniega de la esclavitud del tiempo, el viejo desea prolongar su estancia en él. Mientras el joven sueña, el adulto permanece insomne en su madurez. Dos versiones de una única realidad, en la que el tiempo siempre juega a favor del último en llegar. El futuro, por encima de cualquier consideración, pertenece a quien lo imagina, a quien puede alcanzarlo. A nosotros, en nuestra madurez, nos corresponde la responsabilidad de lo que soñamos en su día. En lo relativo al presente, sería deseable que unos y otros nos mirarnos en el mismo espejo. Compartiéramos su reflejo, en lugar de romperlo. Trae mala suerte.

domingo, 27 de marzo de 2016

Sobre el terreno

“En la confrontación, elegir el terreno es prioritario, pero no suficiente. Es necesario saber moverte por él  ya que, bien aprovechado, será tu mejor aliado; mal provechado, tu peor enemigo”.

Aunque parezca fuera de lugar en un blog que, como éste, trata de las reglas que acompañan a la vida, este principio ampliamente utilizado por Alejandro Magno, Napoleón, Rommel o el mismo Mao, es vital a la hora de conducir nuestras relaciones con los demás. La negociación, precede siempre a la decisión. No importa si es con los hijos, la pareja, un proveedor o el mismísimo jefe. Se negocia cuando se tienen dudas, cuando la diferencia de criterio te condiciona, o simplemente, cuando quieres llegar a un acuerdo con los demás sobre un tema concreto. Es un hecho admisible que, aunque parezca un disparate, el motivo oculto de una comida de negocios no es agasajar a nuestro cliente o proveedor, sino situar el diálogo en un espacio, aparentemente neutro, que facilite el intercambio de argumentos y  nos permita cumplir  con nuestro objetivo.

Llevado lo anterior a una situación más personal, tal vez estaréis de acuerdo conmigo que sucede lo mismo cuando queremos que alguien de nuestra familia acceda a nuestras demandas. La cocina, el salón o el dormitorio, son terrenos que ofrecen diferentes oportunidades y sugieren a su vez, ventajas o desventajas según sea el tema a tratar. En ese sentido, los psicólogos aconsejan que, cuando se trata de la pareja,  nunca se debe dirimir las diferencias en el dormitorio. Sin embargo, no pocos, hemos caído en la trampa y así nos va. En mi opinión, cuando identificamos el terreno como un lugar físico, la cosa parece estar clara. Pero, no lo está tanto, cuando el terreno es intangible. Es decir, cuando el "terreno "por el vamos a movernos, es el tema de la discusión. En ese sentido, conocer el terreno es dominar aquello de lo que vamos a tratar, anticiparse las posibles objeciones del otro, y construir argumentos que nos sitúen siempre en una posición de ventaja para alcanzar nuestro objetivo. Metafóricamente, podríamos comparar la forma y los accidentes  del terreno con los puntos fuertes o débiles que nos ofrece el tema del que vamos a hablar. El uso que hagamos en nuestro favor de los primeros, junto a la identificación de los segundos en el argumento del otro, pueden ser definitivos para obtener aquello que deseamos.

Las posiciones en una negociación nunca son fijas y como en cualquier confrontación, ofrecen alternativas para ambas partes. No solo deberemos situarnos correctamente en el "terreno" sino que deberemos aprender a movernos por él. Es decir, si deseamos conseguir nuestro objetivo, es importante elegir la vía que permita llegar a él, con el menor desgaste posible. Para ello, debemos protegernos de los argumentos contrarios, mientras avanzamos en los nuestros. Estratégicamente, existen dos elementos en cualquier “terreno” que podemos utilizar; aquellos que nos ocultan a las vistas de nuestro oponente y aquellos que, además de ocultarnos, nos protegen de sus acciones. En el caso de una negociación, los primeros sirven para fijar nuestra posición y aproximarnos al objetivo; los segundos, para que nuestro oponente acepte nuestras conclusiones como suyas. En terapia, Giorgio Nardone llama a los primeros, “la ilusión de las alternativas”. Respecto a las segundas, F. F. Coppola, puso en boca de Marlon Brando una contundente sentencia que, en su primera interpretación de Vito Corleone, no dejaba lugar a dudas:  “Voy a hacerte una oferta, que no podrás rechazar…”

martes, 8 de marzo de 2016

En busca del tiempo perdido

“No me arrepiento de mi pasado, pero sí del tiempo perdido con las personas equivocadas”

Los primeros fenómenos que acapararon la atención de la raza humana, fueron los producidos por el efecto del sol y la luna. Noche y día; frío y calor. El orto y el ocaso, se convirtieron en referencias para medir el tiempo y los primeros en percatarse de la importancia de estos ciclos sobre la Naturaleza se erigieron en líderes destacados de sus respectivos colectivos. Culturas como la babilónica en valle del Tigris, la egipcia en el delta del Nilo y la azteca en Mesoamérica, diseñaron calendarios que calculaban la posición de los astros de manera tan precisa que, aun hoy, causa asombro. Según fuera su función y el astro de referencia, los había solares o lunares, civiles o religiosos. Las coincidencias entre ellos resultan  asombrosas e incluso se ha especulado con la posibilidad de un único origen. En ese sentido, antropólogos y arqueólogos, mantienen discrepancias significativas que varían según sean las fuentes consultadas.

El calendario actual, conocido como gregoriano y de uso en la mayoría de países desarrollados, no es sino una modificación del juliano romano, heredado del griego cuya características principales fueron determinadas por los sacerdotes del imperio babilónico. Fueron también estos últimos, quienes usaron la circunferencia como base para representar la conversión espacio-tiempo, es decir, días en grados. Siendo la duración de un año solar de 365,24 días, su representación geométrica siempre ha dado dificultades. Tampoco los ciclos sinódicos lunares de  29 días se ciñen matemáticamente a esa relación. Así pues, cada civilización, creó sus propios ajustes dando lugar a días específicos, cuya actividad estaba reservada a la meditación, el recogimiento y la preparación de un nuevo ciclo. Con ello reconocían la importancia de los ciclos naturales y se aseguraban la adaptación de la vida social respecto a la Naturaleza que les circundaba.

En la actualidad, no precisamos saber leer las estrellas ni predecir los eclipses en nuestra vida cotidiana. Nos es suficiente con leer las noticias o consultar el reloj. De las variaciones atmosféricas, se encargan los satélites. El tiempo ha pasado a ser una cuestión mecánica y no somos verdaderamente conscientes de su importancia hasta que, por un motivo u otro, tenemos la sensación de que no lo controlamos. Lo hemos convertido en un valor y lo usamos como moneda de cambio al recordar aquello de que “el tiempo es oro”. Su gestión ha dado lugar a diferenciar, lo urgente de lo importante, lo inmediato de aquello que puede esperar. Del quiero por el debo. En el libro, “El octavo pecado capital” de Eduardo Terrero, se menciona a la prisa como un elemento nuevo que añadir a los anteriores vicios del ser humano.  No es desacertado considerarlo así.

La globalización, nos obliga a coordinar cualquier acción que queramos realizar, en un mundo que no descansa. Consecuentemente, nuestro reloj biológico se desajusta al transitar por los husos horarios, cuando viajamos a través de los continentes.Usamos todo el tiempo disponible para mejorar la producción, la comunicación o la economía. Por lo tanto, ya no es posible perder el tiempo si se quieren cumplir los objetivos. Sin embargo, cuando nos hacemos conscientes, nos damos cuenta de que, con las prisas, se nos olvidan cosas, actuamos como autómatas y nos cuesta permanecer atentos.  Solo cuando la tensión y el estrés nos obligan a tomarnos un descanso, reaccionamos y nos proponemos, una y otra vez sin conseguirlo, recuperar el tiempo perdido. Deberíamos preguntarnos, en comparación con las antiguas civilizaciones, si es asumible el precio que pagamos por no respetar los ciclos naturales y biológicos.