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martes, 1 de marzo de 2016

La caja de herramientas

“En el medio del camino de la vida, errante me encontré por selva oscura, en que la recta vía era perdida”.   Dante (Infierno)

De manera cíclica sucede que, independientemente de las circunstancias políticas, sociales e incluso económicas que nos envuelven, entramos sin apenas darnos cuenta en etapas de duda y confrontación con nuestros propios sentimientos. Todos hemos oído hablar de la crisis de la mitad de la vida - la de los cuarenta – sin embargo, no fue la primera y de seguir viviendo tampoco es la última ya que, a ésta,  le suceden otras.  Son consustanciales al desarrollo de la persona y su número es proporcional al tiempo que permanecemos con vida. Un viejo proverbio nos recuerda que, “sólo se llega a viejo, cumpliendo años…”, y… superando las correspondientes crisis, añadiría yo.

Entre el nacimiento y la muerte, está la vida. Ni pedimos lo primero ni deseamos lo segundo, aun así, desde que llegamos a este mundo nos vemos impulsados a permanecer en este espacio-tiempo que nos obliga a decidir continuamente. La dificultad reside en que, cualquier decisión, conlleva la aceptación de una de las alternativas dejando en el “limbo” la contraría. Y lo hacemos en base a unas preferencias y unas referencias, adquiridas previamente. Es decir, difícilmente podemos escoger el color blanco, sin considerar o reconocer su contrario, el negro. En ese sentido, cada decisión es una pérdida a la vez que una nueva referencia para futuras decisiones. La tradición y la filosofía nos alertan sobre la consideración de que, en sí mismas, las   circunstancias a las que nos enfrentamos no son, ni buenas ni malas. Llegan a ser lo uno o lo otro, en consideración a los resultados obtenidos, o lo que es igual, a cómo nos afecta el experimentarlas. Y es ahí… donde se gesta la crisis.

A mi entender, al nacer traemos con nosotros una pequeña caja de herramientas que vamos ampliando con el tiempo y que nos sirve para construir nuestra personalidad. Es evidente que, en nuestros primeros pasos, adquirimos la habilidad de manejar dichas herramientas por imitación, al ver a nuestros padres, o por conocimiento a través de ellos. En ese sentido, las crisis, nos obligan a revisar nuestra caja de herramientas. Cómo sucede en cualquier construcción, los problemas que surgen deben resolverse para poder continuar la obra. En un principio, recurrimos a las herramientas con las que hemos alcanzado cierta eficacia pero sucede que, cuando se muestran inoperantes, nos vemos obligados a adquirir nuevas o modificar las que tenemos. La dificultad estriba en que, en la decisión, interviene las habilidades adquiridas desde pequeños y los criterios aprendidos de nuestros padres cuando empezamos a usarlas, por primera vez. Ese conjunto de herramientas son, nuestros valores y creencias.

Las crisis suceden cuando nos vemos desorientados o impotentes para tomar una decisión en base a lo que conocemos. La solución al problema, casi siempre, requiere de un cambio en nuestra forma de actuar, sentir o pensar. Es por ello que, a menudo resultan dolorosas. Se trata de abandonar lo conocido y, algunas veces, de reconocer que, lo que en otro tiempo descartamos o enviamos al “limbo”, ahora, podría formar parte de la solución. Hace tiempo que dejamos el punto de partida y, por supuesto, desconocemos lo que nos queda por recorrer. Las crisis, no son sino una parada técnica  para reabastecer nuestra caja de herramientas. Una introspección, que necesitamos para acabar de construir aquello que nos pusimos como objetivo al nacer: Conocer nuestra verdadera identidad.


miércoles, 3 de febrero de 2016

Una última oportunidad

“No podemos eludir la crisis, tan solo podemos elegir de qué modo queremos reaccionar  frente a ella.”.

Él era un hombre de costumbres fijas que, desde que murió su mujer, vivía de forma austera. El trabajo se convirtió en su razón de ser y la hora de la comida en el restaurante, su única distracción. Hacía un año que ella no estaba. En ese tiempo, Damián se había vuelto sedentario. Tras el natural periodo de duelo, cada vez que se arreglaba para salir de casa, sucedía lo mismo. Empezaba aquel maldito dolor de cabeza. Sus ojos, parecían querer salirse de sus órbitas, mientras su cara iba adquiriendo, poco a poco, un color carmesí solo comparable al semáforo de la esquina.

Nunca llegó a cruzar el paso de peatones. De vuelta a casa, se quitaba la chaqueta y la corbata, se aflojaba la camisa y se sentaba en el sillón, hasta que los síntomas desaparecían. Finalmente acudió al médico. El doctor, con la sutileza del que sabe del sufrimiento que produce una mala noticia, había tratado de explicarle lo inexplicable. Las causas podían ser múltiples y la evolución difícil de concretar, por lo que, ante la imposibilidad de relacionar los síntomas con los protocolos establecidos, se sentía incapacitado para darle un diagnóstico. Si esa es la conclusión - “no augura nada bueno”- pensó Damián. Se sentía sin fuerzas y derrotado por el peso de la sin razón. Sin embargo, - “algo habrá que hacer…”- se dijo a sí mismo.

Como no tenía hijos, decidió darse una oportunidad. Años de austeridad y trabajo, bien podían financiarle unas buenas vacaciones. Se puso ropa cómoda y salió a la calle. Por primera vez en mucho tiempo superó el semáforo de la esquina y llegó a la agencia de viajes de la avenida. Le apetecía dar la vuelta al mundo y contrató los medios necesarios. También pensó que, para tan largo periplo, necesitaba ropa nueva. Se acercó a la sastrería más cercana y encargo varios trajes. También los complementos, los zapatos y las camisas. En esto último, tuvo alguna discrepancia con el vendedor que insistía en darle una talla mayor. Amablemente rehusó la propuesta.  Desde que murió su amada esposa, él se proveía de lo necesario y conocía bien sus medidas. Al terminar la compra, mientras Damián cruzaba el umbral de la tienda, el dependiente dijo en voz baja -“Estoy seguro que volverá”. El encargado asintió con la cabeza y razonó – “Se ha llevado un número menos de camisa. La sangre, a duras penas circulará por su cuello… se pondrá rojo como un tomate y le dolerá la cabeza”- Y lo que es peor, se lamentó el dependiente – “¡Dirá que no le hemos avisado!”.

A veces, de manera harto extraña, la vida utiliza la ironía y la paradoja para obligarnos a cambiar nuestro rumbo. Las personas, acostumbran a quedarse atascadas en sus opiniones y en las formas de conducta; es por eso, que les cuesta tanto evolucionar. Cuando la falta de flexibilidad agota nuestros recursos, las grandes crisis nos obligan a pensar diferente. Por eso, debemos permanecer atentos a las oportunidades que se nos ofrecen ya que, la solución, nunca se encuentra en el mismo nivel que se produjo el problema.  Así pues,  conviene desconfiar de lo evidente para poner toda nuestra atención en el verdadero origen del problema.