
Es difícil ignorarlo. Me refiero a un cartel que
suelo encontrar, con frecuencia en las paradas del transporte público de la
ciudad en donde habito, y que llaman la atención sobre un problema concreto, de
entre los muchos que azotan a la sociedad actual. A pesar de la elocuencia de
la imagen, de la crudeza del problema y de la realidad a la que hace referencia,
su presencia convertida ya en rutina, pasa muchas veces desapercibida para la
ocupada multitud que la contempla: Una mujer, de edad indefinida que dejó atrás
los sesenta hace algunos años, mira a través de los cristales de una ventana;
su mirada, vacía de contenido, se pierde en el infinito tratando de encontrar
una solución a su problema. En el pie de foto, un comentario: “Nunca
pensé que, a mi edad, el mayor problema fuese la soledad”.
La soledad, es algo que nos afecta cada día de
manera más directa, con independencia de a qué generación se pertenezca. Cierto,
que en la vejez la hace más evidente pero, no me negarán que, resulta
paradójico que, con todos los medios de comunicación que tenemos a nuestra
disposición, podamos sentir soledad. Pero la sentimos. Por diferentes motivos,
pero… la sentimos y nos hace sufrir. Si no fuera así, nos detendríamos frente
al susodicho cartel para darnos cuenta de que, también nosotros, miramos sin ver en realidad. Que, también nosotros, huimos de nuestros pensamientos y que, también
nosotros, reclamamos el afecto de los demás. Quizás por eso, por no querernos
ver reflejados en ese anuncio, pasamos con prisas y sin detenernos. No somos
indiferentes a lo que trata de comunicarnos y tal vez por eso, lo ignoramos. Ocupados como estamos, en atender
las actualizaciones de nuestra cuenta en las redes sociales, contestar al
teléfono y sobrevivir a la jornada laboral, apenas nos queda tiempo para dirigir
la atención hacia nosotros mismos. Inconscientemente, depositamos en los demás la
tarea de apuntalar nuestros valores. Por eso, acostumbrados a recibir de los demás las caricias y la atención que creemos merecernos, sufrimos cuando éstas escasean.
Soy de los que creo que, las casualidades, no
existen. C.Gustav Jung habló de sincronías; de hechos aislados que sin
aparente relación coinciden o desencadenan relaciones que nos afectan en
particular sin mediar en ello causalidad. Esta mañana, estaba frente a esa imagen explícita
de la soledad justo en el momento de recibir la llamada de una amiga. Alguien,
a quien admiro por su trayectoria como persona y por su labor profesional como
escritora. El motivo de su llamada era porque estaba triste - Se
sentía sola - necesitaba decirme que, por fin, había terminado de
escribir su libro; que, finamente, tras dos años de negociaciones, había
firmado el acuerdo de divorcio y que en ese mismo momento, conseguido sus
objetivos, su orgullo había cedido el paso a un inquietante vacío interior que
se agrandaba, por instantes, ante el recuerdo de la muerte de su madre, hace
apenas un año.
Escuché sus argumentos y, por un instante, me imaginé que quien me hablaba era la mujer
anónima del cartel. Y hubiera podido ser. Solo que mi amiga, era mucho más joven
y había tenido la valentía de llamar a un amigo para que la escuchara. Quiero pensar que, la
soledad es una pausa forzada entre dos acontecimientos; aquel, que ha dejado de
motivarnos y el siguiente… ese al que aún no le hemos encontrado su sentido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario